domingo, 30 de junio de 2013

Despedida prematura


Cuando fui seleccionada en la UAM, no lo podía creer. Lloré un buen rato de felicidad.

El primer día de clases. Fue un mundo nuevo y diferente a lo que conocía. Yo estaba acostumbrada en la preparatoria a llevar uniforme, colorear mapitas, hacer manualidades con papel, usar resistol y tijeritas con figura en el corte. Y aquí no.

 Desde el primer día los profesores nos dejaron tarea. No hubo pérdida de tiempo en presentaciones aburridas. Esto me gustó mucho.
Transcurría la primera semana y la escuela me sorprendía cada vez más. No podía creer que el desayuno costara en total $4.50. Tampoco, que en las copias te cobraran 3 centavos por cada una. La biblioteca era enorme. En las actividades culturales había danza y teatro. Lo que siempre me ha gustado. Era perfecto todo. Pero a pesar de estos lujos, no estaba satisfecha con lo que tenía.

Siempre he querido ser profesora de primaria. Aunque la carrera de Economía es muy bonita, no es lo que en realidad quiero desempeñar. Esto me hacía sentir culpable. Tal vez, porque estaba ocupando el lugar de otra persona, que en verdad quisiera esta carrera. Pero me justificaba por lo que había vivido el año pasado. Estoy segura, que más de uno experimentamos la frustración de no quedarnos en la Universidad. En mi caso solo hice trámite para hacer examen en la Nacional de Maestros y el Politécnico. Mi mala suerte me hizo elegir solo una escuela.  Pues se me juntaron mis dos opciones el mismo día de la aplicación del examen.

Tomé la opción más conveniente “según yo” el Politécnico. En ninguna de las dos vueltas me quedé. El mundo se me vino encima. Me daba gusto, pero al mismo tiempo me afligía al ver que algunos de mis compañeros sí se habían quedado en alguna escuela. Me sentía una mediocre.

Con el tiempo superé esa etapa. Aproveché el tiempo “perdido” en un curso de inglés que no terminé, por los horarios que ahora tengo en la escuela. Esperé aproximadamente  medio año para hacer el examen. Lo hice para todas las Universidades que pude. Esta vez no se me junto ningún examen.  Y ahora solo es cuestión de esperar los resultados de la Normal que me los den este viernes  5 de julio.

 En caso de que sea aceptada, quiero agradecerles a ustedes compañeros. Aunque se me ha hecho pesado el camino. Me han robado algunas sonrisas y momentos muy gratos. Gracias a ellos he sobrevivido hasta el día de hoy.
Me he rodeado con algunos que me llevan unos cuantos años de más. Al principio me costó mucho trabajo adaptarme. Supongo que fue porque han tenido más experiencias y ven la vida de otra manera. Pero esto no fue un obstáculo para convivir con ellos.
Aprendí que no debo de confiar en todos. Y que no todos me apoyan. Conocí personas doble cara, pero también conocí a verdaderas amistades. También supe manejar la cara de fuchi que algunos me pusieron.

Mi vida dio un giro de 360 grados desde que entre aquí. Ya no pudé convivir el mismo tiempo con mi familia. Ya no jugaba con mis cuatro cachorros. Cambió mi horario de ir a dormir y hasta mi alimentación. He sacrificado muchas cosas, pero al final ha valido la pena. He madurado un poco , ya que valoro aún más el sacrificio que hace mi mamá por apoyarme en la escuela. Y por no tomarme la vida, tan a la ligera. Aprovechar mis recursos al máximo. Y si llegó a cumplir mi sueño de ingresar a la Normal sé que estaré muy feliz. Agradecida con Dios, con mi familia, con ustedes, con los profesores y por supuesto con la UAM.  Por abrirme sus puertas y darme la oportunidad de vivir esto.
Y en caso de que no ser admitida me tendrán que aguantar un rato más. Pero cualquier resultado que este sea. Quiero darles las gracias por todo.

miércoles, 26 de junio de 2013

El caballero del siglo XXI


Fue la semana pasada cuando crucé palabra con el caballero del siglo XXI.

 
Yo había adelantado la clase de México con mi amigo Lalo. La clase estuvo interesante, porque habló la profesora sobre las costumbres en el porfiriato. Nos comentaba que el hombre tenía que llevar a la mujer del lado de la pared, ya que era una falta de respeto dejarla hacia la calle.


Terminó la clase. Me despedí de Lalo. Iba rumbo a la salida y recordé que debía hacer unas cosas. Concluí mis pendientes y decidí irme. Ví la hora y ya era muy tarde. De nada me sirvió haber adelantado clase, pues había salido a la misma hora.


Estando ya en el paradero ví que venía el micro que tomaría con dirección a Tacuba. Había mucha gente esperando y ya no alcancé lugar. Hice una mueca, pues eso me desagradó mucho y más porque comenzó a llover. No duró mucho mi desgracia. Vi llegar el RTP y me dirigí con la demás gente que lo esperaba. Se subieron los que estaban enfrente de mí. Eran bastantes y me preocupé, sentí que no había alcanzado lugar de nuevo. Fue en ese momento que escuché una voz de hombre que me decía adelante, lo miré, le sonreí y le dije gracias. Es raro que un chavo te conceda el paso.

 

Por casualidad, él era de la clase que habíamos adelantado mí amigo y yo. Me preguntó que estudiaba. Y le contesté Economía.  Continuamos conversando. Se desocupó un lugar, me cedió el asiento, el cual negué pues ya faltaba poco para llegar a mí destino. Bajamos en Tacuba. Llovía intensamente.  Él sacó su paraguas y nos cubrimos. También me ofreció su brazo para que camináramos juntos rumbo al metro, esto me dio algo de pena, pero accedí pues no le haría una grosería.

 
Al llegar a las escaleras del metro tuvimos que separarnos. Él tenía que dirigirse hacia el metro, y yo irme a la derecha a tomar la combi que me llevaría hasta mí casa. Me despedí con un beso en la mejilla, pues así estoy acostumbrada. Él me correspondió. Después estiro su brazo, dándome la mano. Me desconcerté, ya que si me despido de beso ya no doy la mano. Ya que sostuvo mi mano, con una caravana de príncipe se agacho y la besó. No creí lo que estaba sucediendo. Después me fui rápidamente sin palabra alguna.


Ya estando en la combi, sonreí y pensé que no cabe duda que aún existen los caballeros, en pleno siglo XXI.

domingo, 16 de junio de 2013

El milagro


Hace seis años conocí al chavo más lindo del mundo. Su nombre es Octavio, pero yo le digo Mono.
Fuimos juntos a la misma secundaria. Yo era de primer ingreso cuándo lo conocí y él iba en tercer año. Nos presentó su amigo Alberto, a él le decían Guayabo por sus peculiares pequitas.
Octavio y yo nos empezamos a tratar poco a poco, ya que él era muy tímido. Todos los recesos comíamos con la bolita junto a un barandal blanco, que estaba enfrente de mi salón.
 
Un día Octavio me quisó sacar la credencial de la escuela, que portaba en el cuello. Lo hizó para obtener mi número telefónico, ya que yo le gustaba. Yo no sabía sus intenciones y le respondí con una cachetada, que pensé que nunca me volvería hablar en su vida.

Llegó la clausura de los terceros y no pude asistir. Sabía que a mis amigos ya no los volvería a ver, "según yo". Estaba triste más por la amistad que creció entre él y yo. Pasaron las vacaciones y se me olvidó.

Cuándo iba en tercer año estuve muy feliz ya que serían mis quince años y haría el examen a la prepa. Transcurría el mes de diciembre del 2009. Tocaron la puerta de mi casa, eran dos chicos que preguntaron por mí.  Salí, ví que era Guayabo me dio gusto verlo, pero más gusto me dio de ver a Octavio. Ese día intercambiamos correos.
 
Tuvimos comunicación durante dos años. En ese tiempo yo tuve un novio, el cuál no fue muy lindo conmigo y me engañó. Lloré durante algún tiempo, pero siempre estuvo ahí mi amigo haciéndome reír.
Una ocasión asistí a un evento religioso con mi familia, a la iglesia del Centro de Tlalnepantla. Estábamos en el patio de la iglesia, y me llamó mucho la atención un Santo que estaba muy solito ahí.
Le pregunté a mi abue que Santo era, ella dijo se llamaba San Antonio y era de los enamorados. Inmediato pensé en las mujeres que lo ponían de cabeza y reí. Me dijo por qué no le pides un novio, para que olvides al chango ese que te ha hecho llorar.
Yo me quedé pensando, pero supusé que no era cierto eso, pero que tal si sí. Le termine metiendo tres moneditas, le pedí un novio que no fuera guapo, pero que me quisiera, me respetará y me valorará.

Pasaron dos semanas aproximadamente, dónde no sé como fue, pero por el Messenger Octavio me dijo que si quería ser su novia, yo lo tomé de loco, pues era solo mi amigo. Yo ni me acordaba del Santo de aquella ocasión. Además se me hacía algo raro, porque él había terminado con su novia con la que llevaba un mes o algo así. No le dí importancia. Pues habían llegado mis maravillosas y merecidas vacaciones de cambio de semestre.
 
 Mi mamá y yo decidimos ir a Puebla, eso fue un 17 de enero de 2011  y él fue a despedirme. Mi mamá permanecía en el automóvil y él me pidió unos minutos. Me acerqué a  él, y me repitio que si quería ser su novia. Yo respondí como a la antigüita, diciéndole que lo pensaría una semana. Puso cara de eso es mucho tiempo, pero me dijo que esta bien.
 
 Pasó esa semana, regresé de vacaciones y nos reencontramos. Me hizó la misma pregunta y le dije que no, sus ojos se pusieron rojos, pues quería llorar. Y yo le sonreí y le dije no, no quiero dejarte ir.   Me sonrio y nos abrazamos fuertemente. Me llevó a conocer a sus papás, tenía muchos nervios.
Y pues desde ahí es mi Mono, con el cuál llevo dos años cuatro meses. Él es tal y como lo pedí. Desde ahí creo en los milagros.

miércoles, 5 de junio de 2013

El día que te conocí


Nunca olvidaré el día que te conocí. Estaba un poco nerviosa; mis piernas temblaban y mis manos sudaban. 
Era lógico que estuviera así, porque todo eso me ilusionaba mucho.
 Sabía que te parecías a mí. Mi mamá ya me había platicado como eras físicamente, también en que trabajabas.

Pero lo que yo quería escuchar de tu voz, era la respuesta a mis preguntas. ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué nunca me visitaste? En fin, había llegado el día donde resolverías  todas esas incógnitas que poseía.

Pasado del mediodía, ya estaba arreglada para la reunión. Usé un lindo vestido color rosa muy amplio, perfecto para la ocasión.

Decidí poner sobre la mesa, los platos y vasos. Para que cuando llegaras comiéramos juntos los tres. 
Oí rechinar la puerta. Mi perro ladraba intensamente, cómo si detectara a una persona extraña. Y sí, eso eras una persona desconocida.

Mi mamá bajo las escaleras. Me tocó la mano y me dirigió a donde tú estabas.
 Al situarme delante de ti, ella me dijo: “Hija, te presento a tu padre”. Mis ojos se llenaron de lágrimas que estuvieron a punto de ser derramadas. 
Lo único que pude decirte fue: “¡Hola, mucho gusto!”. 
Tu asombro lo proyectaste con un fuerte abrazo. Yo te correspondí.
Mi mamá nos interrumpió. –Vamos a comer- exclamó.

Me dirigí a ella. La abrace con todas las fuerzas que podía. Mi corazón estaba exaltado. Mi diminuto cuerpo de nueve años sentía desquebrajarse por la circunstancia.

Estando ya sentados frente a la mesa. Mi mamá nos sirvió el pollo que habían comprado. No disfrute comer mi pieza favorita, ya que tenia que comportarme y no ponerme a morder el huesito.

Al terminar de comer te dirigiste al sillón, donde habías dejado una bolsa de color negro. Agarraste lo que contenía y me lo diste. Era un peluche con sonido. Te agradecí y lo fui a guardar.

Platicábamos sobre lo que había pasado los últimos siete años de mi vida. Te dije que gracias a una maestra que preguntó a que se dedicaban nuestros papás, me nació la curiosidad de conocerte.

Después de un lapso, te levantaste y dijiste que era hora de irte, porque tenías que trabajar en el Hospital. Había pasado muy rápido el tiempo. Ya era muy noche. Salí a despedirte con mi mamá y prometiste volver a verme. Y en la puerta mi mano te decía "hasta pronto".

domingo, 2 de junio de 2013

La vida sin mi papá.


Yo no crecí como la mayoría de mis amigos, con papá y mamá. 
La razón fue que mi papá me abandono cuando yo tenía dos años de edad.

Mi historia inicia cuando mis padres se conocieron hace veinte años, en el hospital donde ellos trabajaban. 
Mi mamá era soltera y mi papá vivía con su esposa y dos hijas.

Su esposa lo corrió de su casa durante un tiempo. Entonces mis papás se trataron y surgió una relación que duro tres años. Y en el primer año yo nací.
Pero cuando mis papás cumplieron los tres años de relación, iniciaron los problemas.

Mi papá "se supone" ya no veía a su esposa porque ya se había divorciado, pero no fue así y engañó a mi mamá.


Cuando mis papás se iban a trabajar, me dejaban al cuidado de mi abuelita materna.

Pero un día la esposa de mi papá, se enteró que él tenía una hija, o sea yo. 
 Después por alguna extraña razón la señora llegó a mi casa y le dijo a mi abuelita: "vengo por la hija de mi esposo, yo la educaré, la cuidaré y la criaré". Pero mi abuelita se puso al brinco y le dijo que no.

Mi abue le habló al trabajo a mi mamá y le comentó lo que sucedió. Mi mamá converso con mi papá, se enojaron y se separaron, ya que él prefirió irse con su otra familia.

Yo crecí con mi abuelita, mi tío, mi tía y mi mamá. Mi tío fue mi figura paterna, pero aún así no me escape de la crueldad de mis compañeros, que ahora pienso que no fue mal intencionada su actitud.

Pasaron los años, cursaba la primaria, exactamente en el tercer año. 

En una ocasión a mi profesora se le ocurrió la grandiosa idea de preguntar a que se dedicaba nuestro papá.  Mis compañeritos decían que sus papás eran abogados, arquitectos, contadores etc. 
Y cuando a mi preguntaron, a pesar de que mi mamá me había contado todo lo que paso, no lo supe explicar. Me sentí muy mal, me acerque a mi profesora y le dije: "mi papá no vive conmigo".

Mis compañeros escucharon lo que le dije y fui blanco de burlas. Llore mucho, porque todos tenían a su papá menos yo. Entonces tuve la inquietud de conocerlo, le platique a mi mamá, ella aceptó y lo contacto. 


Y fue así que pude conocer a mi papá.





domingo, 26 de mayo de 2013

Mis XV años.


   Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. Hace cuatro años llegó el momento tan esperado por mí y mi familia. Mi anhelado cumpleaños número quince.

Recuerdo los ensayos de cada fin de semana con mis chambelanes y esa ilusión que sentía por mi fiesta. Y lo que  más me causaba conmoción era mi vestido.
 El día que lo fui a comprar, no olvidare el asombro que tuve al ver tantos vestidos de quince años por los pasillos que iba caminando. Habían de muchos colores y modelos. 

Pero entre ellos destaco uno. Era de dos piezas con muchos brillitos y de color rosa. Pareciera que hubo un hechizo entre nosotros, por que termine encantada con ese vestido. 
 Le pedí a la señorita que si me lo podía probar y ella dijo que sí. Sin pensarlo dos veces. Subí con ella, me quite la ropa que llevaba. Me lo probé y me quedo a la perfección. Ya no quise seguir viendo más vestidos.


 Le dije a mi tía, ¡Si me lo llevo!, lo pagó, y muy feliz regrese a casa.

A solo un día de mi fiesta. Con un poco de nervios, me fui a dormir desde muy temprano, pero no podía conciliar el sueño por  tanta emoción que albergaba en mi cuerpo.

Al amanecer lo primero que hice fue pararme e irme a bañar. Ya que tenía la inquietud de que se fuera hacer tarde.  Eran las ocho de la mañana, ya había llegado la señorita que me peinaría. Inicio con unos cuantos tirones de cabello, que al final valieron la pena por el peinado que me hizo.

Llegamos a la iglesia y él padre dio su sermón. Terminando la misa nos fuimos al salón. Cuando llegue todos mis invitados estaban ahí, recibiéndonos a mis chambelanes y a mí con aplausos.

Posteriormente nos dieron de comer. Reposamos la comida. Y antes de bailar el vals, me cambie los zapatos de tacón por unos de piso, ya que podía enterrárselos a mis chambelanes con las cargadas.

Pero no conté con que mi vestido quedaría arrastrando.

A la mitad del vals pise el tul que estaba adentro del vestido, lo desgarre y me derrape un poco, a punto de casi caerme. Pero no fue así y continúe bailando. 

Al terminar uno de mis chambelanes con sus manos trozo el pedazo de tul, quedando como si nada mi vestido. 


Y así pude seguir disfrutando de mi fiesta al máximo.

 Ese día será inolvidable para mí.