Nunca olvidaré el
día que te conocí. Estaba un poco nerviosa; mis piernas temblaban y mis manos
sudaban.
Era lógico que estuviera así, porque todo eso me ilusionaba mucho.
Sabía que te parecías a mí. Mi mamá ya me había platicado como eras físicamente,
también en que trabajabas.
Pero lo que yo
quería escuchar de tu voz, era la respuesta a mis preguntas. ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué nunca me visitaste? En fin, había llegado el día donde resolverías
todas esas incógnitas que poseía.
Pasado del mediodía, ya estaba arreglada para la reunión. Usé un lindo vestido color rosa
muy amplio, perfecto para la ocasión.
Decidí poner
sobre la mesa, los platos y vasos. Para que cuando llegaras comiéramos juntos
los tres.
Oí rechinar la puerta. Mi perro ladraba intensamente, cómo si
detectara a una persona extraña. Y sí, eso eras una persona desconocida.
Mi mamá bajo las
escaleras. Me tocó la mano y me dirigió a donde tú estabas.
Al situarme delante
de ti, ella me dijo: “Hija, te presento a tu padre”. Mis ojos se llenaron de
lágrimas que estuvieron a punto de ser derramadas.
Lo único que pude decirte fue:
“¡Hola, mucho gusto!”.
Tu asombro lo proyectaste con un fuerte abrazo. Yo te
correspondí.
Mi mamá nos interrumpió.
–Vamos a comer- exclamó.
Me dirigí a ella.
La abrace con todas las fuerzas que podía. Mi corazón estaba exaltado. Mi
diminuto cuerpo de nueve años sentía desquebrajarse por la circunstancia.
Estando ya
sentados frente a la mesa. Mi mamá nos sirvió el pollo que habían comprado. No disfrute
comer mi pieza favorita, ya que tenia que comportarme y no ponerme a morder el
huesito.
Al terminar de
comer te dirigiste al sillón, donde habías dejado una bolsa de color negro. Agarraste lo que contenía y me lo diste. Era un peluche con sonido. Te agradecí
y lo fui a guardar.
Platicábamos sobre lo que había pasado los últimos siete años de mi vida. Te dije que gracias
a una maestra que preguntó a que se dedicaban nuestros papás, me nació
la curiosidad de conocerte.
Después de un lapso, te levantaste y dijiste que era hora de irte, porque tenías que trabajar en el Hospital.
Había pasado muy rápido el tiempo. Ya era muy noche. Salí a despedirte con mi mamá
y prometiste volver a verme. Y en la puerta mi mano te decía "hasta pronto".
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